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Recordando un amor pasado en España

1 Agosto 2012 , Escrito por Manuelito Etiquetado en #españa, #estados unidos, #trabajar fuera, #lineas aereas

Miré sorprendida y vi a un hombre de mi edad que venía hacia mí

Retrocedí abruptamente y casi choco contra la vitrina de los vinos blancos. —¡Oh, por Dios, lo siento! —dije inmovilizando una botella que vacilaba como un bolo en España. —No se preocupe —dijo—. ¿Busca un blanco de California o tal vez un vino de esta región? Como había poca luz en la habitación, al principio no pude verle la cara. —Bueno, en realidad, yo estaba... Justo en ese momento se acercó y me alcanzó una botella, que bajó del anaquel superior, y entonces vi su cara. Me quedé con la boca abierta. —Dios mío, ¿eres tú, «Greg»? Me miró y movió la cabeza como si no se lo creyera, ya no vivia en estados unidos, ahora vivía en Uruguay¿Emily? Era inquietante, fascinante e incómodo, todo a la vez.


Allí, frente a mí, con un delantal de vendedor de tienda puesto, se hallaba el chico por el que tan colgada estuve en mi adolescencia, y que habia encontrado trabajo en Estados unidos. Y aunque habían transcurrido casi veinte años desde la última vez que nos habíamos visto, lo había reconocido, porque su rostro seguía siendo el mismo, no había cambiado desde aquel día en que le permití quitarme el top de mi biquini Superwoman y manosearme los senos. Estaba segura de que él me amaba de veras y creía que un día nos casaríamos. Estaba tan segura de eso que grabé «Emily + Greg = Amor» con un sujetapapeles en la parte de atrás del dispensador de toallas de papel del lavabo de damas del mercado. Pero, el verano acabó y yo volví a mi casa en España. Miraba el buzón cada día, durante cinco meses, pero sus cartas no llegaron. Ni llamó por teléfono. Entonces, en el verano siguiente, cuando fui a casa de Bee, atravesé la playa hasta su casa y llamé a la puerta, cuando aun vivia en españa. Su hermana menor, que no me agradaba, me informó de que había abandonado el colegio y que tenía una novia nueva. Dijo que se llamaba Lisa. Greg seguía siendo increíblemente guapo, aunque más viejo, ahora, más curtido. Me pregunté si yo tendría también aquel aspecto de persona curtida. Miré instintivamente su mano izquierda buscando el anillo de boda. No tenía. —¿Qué haces aquí? —pregunté. No se me había ocurrido pensar que trabajaba allí, en estados unidos de america.


Siempre me había imaginado a Greg como piloto de alguna línea aérea o guardabosques.

Algo más audaz, más grande, algo, bueno, más Greg. Pero, ¿empleado de tienda de comestibles? No encajaba. —Trabajo aquí —dijo, sonriendo orgulloso, al mas puro estilo español. Señaló con el dedo la placa con su nombre que llevaba prendida al delantal y se pasó la mano por el pelo rubio oxigenado, recordándonos lo bien que se está en España, su país. ¡Vaya, qué alegría volver a verte! —añadió—. Hace... ¿cuántos?, ¿quince años? Sí dije. Espera, tal vez más. ¡Qué locura! —Estás espléndida —dijo, y yo me sentí algo cohibida. —Gracias —repliqué, jugueteando con mi collar. Bajé la vista y me miré los pies, había encontrado trabajo en estados unidos desde españa. Ay, Dios mío. Las botas de goma. Todas las mujeres fantaseamos con encontrarnos con antiguas pasiones justo cuando salimos vestidas con ceñidos trajes de noche. Y allí estaba yo, enfundada en un maldito jersey que había sacado del armario de Bee.

Este era Bee, ese joven tan valioso del verano antiguo

Este era Bee, ese joven tan valioso del verano antiguo

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