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La boda del año en Costa Rica

20 Septiembre 2012 , Escrito por Manuelito Etiquetado en #viajando

¡Ah!, si pudiera descubrirlo... Durante las vacaciones de verano, siempre que salíamos de paseo por los parques arbolados continuaba haciéndome el mismo cuestionamiento: «¿Podría ser aquí? A lo mejor en aquel tiempo este parque era más frondoso y salvaje. ¿Qué año sería?». A juzgar por las vestimentas de los amantes parecían ser la moda de unos treinta años atrás, y había algo que me llamaba más la atención, poniéndome en constante alerta: Esmeralda y Miguel vestían a la usanza andaluza, y en sus acentos se podía percibir el mismo origen.


Al recordar aquellos alminares rojizos que había visualizado en la bola de cristal de doña Francisquita, y que ahora sabía se trataba de la Alhambra, me preguntaba: «¿Podría ser que esa historia hubiera ocurrido en la ciudad de Granada? Claro, todo encaja; este misterio tiene demasiadas aristas. Con seguridad ellos mismos me irán aclarando las cosas», terminaba diciéndome, convencida de que, con el 44 tiempo, el espíritu de Esmeralda iría dándome más detalles. 45 Los años intermedios De Nuria no sabíamos nada, y esa falta de noticias me entristecía, «¿por qué no se pone en contacto con nosotras, al menos conmigo?».


Estaba convencida de que era su madre la que le impedía comunicarse con sus antiguas amigas. Unos meses después, Paloma logró averiguar que Nuria seguía en el mismo colegio de París y que, desde que don Carlos muriera víctima de una parada cardiaca, doña Natalia vivía allí junto a su hija. Lamenté mucho enterarme de la muerte del padre de Nuria. Paloma estaba muy molesta con ella. —¡Vaya con la niña! Al menos podría haber demostrado más cariño e interés por nosotras, escribiéndonos desde su aristocrático colegio parisino, dejándonos claro que, al menos, nos recuerda —exclamó un día con gesto furioso. —No podemos juzgarla sin saber las causas de su comportamiento —dije tratando de que Paloma no guardara rencor, aunque yo misma me sentía dolida con aquella indiferente actitud. Al llegar junio de 1910, tuve un doloroso quebranto: la señorita Cibeles, nuestra admirada profesora de piano, se despidió de todas nosotras. Estaba a punto de casarse con un guapo indiano oriundo de Cataluña y después de la boda se marcharía a vivir a Costa Rica, donde su prometido poseía unas enormes plantaciones de café. Iba a extrañar mucho su calidez y sus sabios consejos. En la despedida, me abrazó deseándome mucha suerte.


No olvides los consejos que te di. Sé muy bien que lograrás lo que te propongas —me dijo acariciándome la mejilla. Sonriendo cariñosa, agregó—: Tienes el suficiente tesón y valentía para hacerle frente a las adversidades. —Los recordaré, y también la recordaré a usted con mucho cariño. Gracias por todo lo bonito que me dio y me enseñó. Le deseo muchas felicidades en su nueva vida —respondí con los ojos anegados de llanto. Su partida nos dejó a todas un gran vacío. Jamás me pude olvidar de la señorita Cibeles y nunca he dejado de preguntarme qué habrá sido de ella.

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